MediapostSoft skills para la empleabilidad: el trabajador del futuro

23 de noviembre, 2020
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Artículo creado por Ignacio Pi Corrales, responsable global de Mediapost. Publicado originalmente en septiembre de 2019, te ofrecemos en abierto este número de Las Raíces del Marketing, la iniciativa de Mediapost para compartir conocimiento bajo el prisma del marketing relacional.

A las puertas de la Cuarta Revolución Industrial, no podemos evitar plantearnos con frecuencia cuáles serán las consecuencias de ésta en términos de destrucción de empleo. Si bien es cierto que debemos mantener el optimismo —pues sin duda cabe esperar la aparición de nuevas necesidades y responsabilidades para los trabajadores—, resulta imprescindible prestar atención a cuáles serán las competencias que facilitarán el desarrollo de una carrera laboral en el futuro cercano.

La empleabilidad se define como la suma de conocimientos, aptitudes, actitudes, experiencias y valores con las que el profesional cuenta y que pone al servicio de la tarea laboral que desempeña. Las llamadas soft skills o «competencias blandas» —en contraposición a las competencias propias de cada puesto y que han sido adquiridas a través de formación reglada o de la propia experiencia del trabajador— no son más (ni menos) que una serie de facultades emocionales y sociales que permiten al profesional desenvolverse con éxito en los diferentes entornos laborales. Dada la situación de incertidumbre en prácticamente la totalidad de sectores de la economía, las soft skills están actualmente cobrando más sentido que nunca en la historia.

Atendiendo a esta definición, resulta complejo delimitar un número concreto de cualidades que encajen en este concepto de soft skills o power skills y por otra parte cabe esperar la aparición de nuevas aptitudes y actitudes que respondan a esta clasificación. Por el momento, destacan entre estas cualidades la creatividad, la escucha activa, el pensamiento crítico, la adaptación al cambio, el optimismo y la actitud positiva, la curiosidad, la inteligencia emocional, la capacidad resolutiva, la empatía, la capacidad para trabajar en equipo y la autonomía.

En un momento de la historia en que no cesamos de hablar sobre la Revolución de los Robots y presenciamos grandes avances en su desarrollo casi a diario, cabe esperar que esa destrucción del empleo que cada vez más personas y sectores auguran de manera inequívoca comience por aquellos trabajos más repetitivos y en los que el ser humano aporta poco o ningún valor añadido. Por tanto, cualidades intrínsecas a las capacidades sociales de los humanos como la empatía o la creatividad serán algunas de las que marquen la diferencia en aquellas labores que continúen siendo desarrolladas por personas.

De acuerdo con múltiples estudios, estas competencias blandas pueden ser responsables de hasta un 90% del éxito de una persona en su entorno laboral. Tradicionalmente, en los procesos de selección de personas, se valoran tanto estas habilidades llamadas blandas como las aptitudes técnicas propias que requiere el puesto; quizá sea la hora de revisar la proporcionalidad o el nivel de importancia de unas frente a otras en el momento de la selección. Sin duda, es el propio desempeño del trabajo lo que más contribuye a que el empleado adquiera y perfeccione las habilidades propias de un puesto concreto, cuya relación con la formación del empleado resulta siempre limitada en tanto que las características concretas del trabajo tendrán más que ver con la compañía y sus clientes. Sin embargo, las soft skills son a menudo cuestiones intrínsecas a la personalidad, al desarrollo emocional y a la construcción social de cada individuo, resultando mucho más complejas de adquirir.

Muy pronto resultará más que evidente que, sin estas competencias, incluso el profesional mejor formado y más titulado puede verse superado por profesionales con procedencias y expedientes académicos más diversos y quizá menos llamativos, o incluso por empleados con menor grado de experiencia en su labor, pero que demuestren una mayor destreza a la hora de concebir soluciones creativas, generar entornos de colaboración para el trabajo en equipo o ejercer su liderazgo.

Asistimos sin duda a la aparición de un nuevo paradigma laboral y empresarial que está cambiando nuestra forma de entender el trabajo. La proactividad, la iniciativa, la independencia y la capacidad crítica del trabajador se tornan imprescindibles para responder a los retos que plantea el desarrollo de las sociedades mientras se produce este abandono del modelo industrial. En este nuevo contexto, la propia estructura de las empresas ha de afrontar su transformación de manera simultánea, para dar lugar a organizaciones más horizontales y colaborativas, basadas en redarquías y alejadas del concepto clásico de empresa en la que los trabajadores y los directivos se encuentran en esferas diferenciadas, casi intocables e incomunicadas entre sí.

Esta «revolución de los valores» del profesional sin duda ha de tener su reflejo en el sistema educativo. Entre los objetivos de la educación que tendrán que cambiar cuanto antes, el más relevante quizá sea el de dejar de generar personas-máquina que respondan al paradigma clásico de cadena de producción, sin olvidar nunca el tan necesario entrenamiento en cuestiones como la gestión de las emociones y por supuesto sin perder el foco en la promoción de la igualdad de oportunidades. Si atendemos al rendimiento del empleo, las máquinas serán sin duda mejores que los humanos en una cadena de producción o en un trabajo repetitivo. Es por esto que, si queremos evitar que nos sustituyan, debemos formar profesionales con la mejor empleabilidad, tanto desde el sistema educativo como desde la propia empresa.

El concepto de Cuarta Revolución Industrial no hace más que indicarnos que anteriormente hemos afrontado otras tres que no solamente han sido superadas, sino que han hecho del mundo y de la sociedad lugares para la oportunidad y lugares para el desarrollo. Está en nuestras manos sentar las bases del nuevo paradigma al que nos enfrentaremos, construyéndolas de la manera óptima para alcanzar nuestro objetivo: el de vivir en una sociedad responsable, igualitaria, creativa y empática. En definitiva, una sociedad mejor.

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